Ayudando a Crecer

December 29, 2017

 

Una de las funciones más difíciles de ser padres es cómo y de qué manera se pueden poner límites sin tener la sensación de que no atendemos de manera correcta a las demandas y necesidades de nuestros hijos. Por este motivo, lo primero es poder tener claro qué entendemos por límites, así como hacer una reflexión sobre su importancia para el desarrollo de nuestros pequeños. La función de los límites es generar una estructura que nos permite movernos dentro de ellos con seguridad, permitiendo al niño moverse de manera autónoma dentro de ellos. Por ejemplo, una baranda en la escalera limita físicamente un espacio seguro, así el niño puede moverse por ese espacio limitado sin correr peligro.

 

Lo mismo pasa a nivel emocional, necesitamos límites para desarrollarnos de manera segura.  Si la madre y el padre decidimos, por ejemplo, que nuestro hijo solo comerá dos galletas, y se lo trasmitimos con seguridad y como forma de atender a sus necesidades, seguramente no nos ahorraremos la rabieta fruto de su frustración, pero sí transmitiremos un claro mensaje al niño: sus padres cuidamos de él y en este caso, de su alimentación. Teniendo en cuenta esto, vemos la importancia que tiene poder ser firme y saber mantener los límites no sólo como una forma de cuidar y de ofrecer seguridad sino también de ir educando y modelando su tolerancia a la frustración, colocando al niño en el lugar que le corresponde, el de ser atendido y cuidado verdaderamente. 

 

Es importante matizar que la frustración es natural y necesaria para el desarrollo de toda persona. Si intentamos evitar la frustración de nuestros hijos no poniendo límites, estamos quitándole la oportunidad de aprender a gestionar las emociones que conlleva y a generar sus recursos.  La vida conlleva frustración, y nuestro papel como padres es de acompañar las emociones que genera en nuestros hijos (enfado, rabia) siendo importante saber contenerle y ofrecerle el sostén que necesita hasta que lo puedan hacer ellos solos.

 

Otro factor importante a tener en cuenta es la manera como ponemos los límites ya que en ocasiones podemos sentir culpa (porque pasamos mucho tiempo fuera de casa) o de si nos sentimos inseguros ante una situación nueva y necesitamos poner unos límites y normas muy rígidos de antemano. Esto responde a como los vivimos nosotros, por lo que si somos conscientes de nuestros miedos a la hora de poner límites lo haremos mucho mejor y en momentos de duda nos ayudará a decidir cómo de flexibles queremos ser.

 

Algunos apuntes según la edad de nuestros hijos:

 

  • Antes de los 18 meses los límites son básicamente corporales (sostener, abrazar, contener) y están relacionados con su seguridad y los peligros. Además, en esta etapa estas funciones son muy importantes para ayudarle a desarrollar su capacidad de autorregulación emocional y conductual, con lo que debemos favorecer la atención, la mirada y el diálogo corporal que hace que sintamos la sincronía emocional y el ajuste corporal que dé respuesta a sus necesidades dependientes. Durante este período el bebé No puede interiorizar los límites aún, por lo tanto, necesita que se los recordemos cada vez.

 

  • Entre los 18 meses y los 3 años los límites son necesarios para separarnos emocionalmente de nuestro bebé. Está etapa es crítica para desarrollar su independencia y autonomía. En este difícil e importante momento evolutivo es cuando el niño va construyendo su identidad y empieza a decir No, es decir pone su límite también y disfruta de ello, mostrando negativismo y rabietas. Estas conductas se inician cuando descubren que tienen el poder de rechazar los requerimientos de otro; aun cuando estos son placenteros. En este momento es importante ofrecerle alternativas con el fin de que puedan elegir y sentir ellos el control. En esta etapa, en la que los niños pueden recordar pocos límites, el lloro no siempre es sinónimo de necesidad básica no cubierta, sino que puede tratarse de una voluntad no atendida en el momento deseado. Se precisa mucha serenidad para guiar a nuestro hijo en lo que se permite y lo que no, siendo importante no limitar la expresión de lo que siente si no ofrecer alternativas a su conducta si ésta no es adecuada.

 

  •  Entre los 3 y los 6 años el niño empieza a interiorizar los límites y poder comprender más las normas. En esta etapa es importante ser constante en las rutinas ya que facilitan este proceso de integración y a poder actuar de manera más autónoma. En esta etapa empieza su proceso de socialización con lo cual van adquiriendo más capacidad para manejar y tolerar la frustración, siendo cada vez más flexibles a las demandas del otro. Al entrar a la escuela empieza a tener otros referentes que le permiten ir construyendo diferentes formas de resolver una situación, favoreciendo y ampliando el desarrollo de sus capacidades personales y sus habilidades sociales.

Para terminar, queremos despedirnos con una reflexión: ¿cuántas veces decimos que no a nuestros hijos en un día? Os invitamos a reflexionar sobre qué normas y límites podemos dejar por el camino, para evitar pasarnos todo el día con el no en la boca, y cuáles son los que creemos más necesarios. Es normal sentir mucha frustración tanto en los padres como en los hijos cuando eso ocurre, siendo importante que a la hora de poner un límite podamos ofrecer alternativas, hablarles y anticiparles de lo que se espera de ellos, siendo conscientes de que hay situaciones en las que los niños no pueden responder como el adulto desea en todo momento. Está muy claro que no arrancaremos el coche si no se ponen el cinturón, o que no les dejaremos tocar el fuego de la chimenea, pero qué pasa si quieren sentarse en el suelo del supermercado o parase a mirar el escaparate de la tienda de juguetes. Si nos ponemos en su lugar y valoramos su espontaneidad y forma de ver las cosas, tal vez también nos damos la oportunidad de aprender de ellos.

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